TIEMPOS DEL MUNDO

jueves, 25 de agosto de 2022

SINIESTRO EXPERIMENTO: Los temibles ‘hombres-mono’ de Stalin

La idea de hibridar seres humanos con otras especies animales no es solamente el argumento de una famosa obra de ciencia ficción creada por el autor británico H. G. Wells. En la novela La Isla del Dr. Moreau, el escritor presenta a un científico loco que persigue la creación de un híbrido entre el ser humano y otra especie animal. Y, a pesar de que se trata del argumento de una novela fantástica, al inquietante doctor Moreau no le faltaron imitadores a lo largo de la historia. Esta idea, que hoy nos puede parecer descabellada, nos conduce hasta Ilya Ivanovich Ivanov, un científico soviético fundador de la inseminación artificial veterinaria, un campo del que se esperaban grandes cosas. A principios del siglo XX, la hibridación era una técnica considerada como una "rareza", tanto en humanos como en animales, básicamente porque no contaba con el beneplácito de la Iglesia y porque ni siquiera los propios científicos estaban seguros de que durante la inseminación artificial no se perdiera algún factor biológico "esencial" presente durante el coito natural. Iliá Ivanov, biólogo soviético, se especializó en inseminación artificial e hibridación interespecífica entre animales. Iliá Ivanov, biólogo soviético, se especializó en inseminación artificial e hibridación interespecífica entre animales. Ivanov fue un científico soviético fundador de la inseminación artificial veterinaria, un campo del que se esperaban grandes cosas en un futuro no muy lejano. Las investigaciones que Ivanov llevó a cabo en París, al igual que antes en San Petersburgo, lo habían conducido a la creación de nuevas especies: el "cebroide", un ser entre la cebra y el burro, el "zubrón", un cruce de vaca y bisonte, y otras hibridaciones menores sin nombre y en las que usó ratas y ratones, conejos y liebres, e incluso antílopes y vacas. Este método era una herramienta para doblegar a la naturaleza y, de alguna manera, lograr "perfeccionarla" para contribuir, de esta manera, a expandir la humanidad. En palabras de Kirill Rossiianov, historiador del Instituto de Historia de la Ciencia y la Tecnología de la Academia Rusa de Ciencias en Moscú, en la primera década del siglo XX, Ivanov había puesto en marcha una técnica que le permitió inseminar 7.000 yeguas y más de 1.000 ovejas. Arropado por el mecenazgo de Ivan Pavlov, el primer científico ruso ganador de un premio Nobel en 1904, conocido por sus experimentos con perros (unos controvertidos estudios que dieron lugar a lo que hoy en día se conoce como "condicionamiento clásico") y laureado por el régimen zarista. Ivanov se convirtió en el mayor experto mundial en inseminación artificial y llegó a ser consultado por criadores de caballos de todo el mundo. Ivanov se convirtió en el mayor experto mundial en inseminación artificial y llegó a ser consultado por criadores de caballos de todo el mundo. Hacia 1924, cuando Ivanov estaba trabajando en París, consiguió el apoyo de Nikolai Gorbunov, un político y funcionario soviético, para empezar en la región africana de Kindia (perteneciente por entonces a la Guinea Francesa), un proyecto para desarrollar híbridos entre humanos y chimpancés. A pesar de los recelos que Ivanov levantaba en Gorbunov dada la cercanía que aquel había mantenido con Lenin, el funcionario recomendó las investigaciones de Ivanov por "la posibilidad de que un ejército de hombres-simio avanzara de manera exitosa contra las tropas fascistas y liberales de Europa y Estados Unidos". También apuntaba que la resistencia que este nuevo ser presentaría ante el frío iba a asegurar la expansión de la Unión Soviética más allá de las fronteras de Oriente, y, en especial, en la frontera con Manchuria: "El que domine a las bestias, dominará la Tierra", afirmó el burócrata. En 1926, Ivanov partió hacia África en busca de monos, mientras en Georgia se construía un laboratorio donde se investigaba con hombres de raza negra. Según los cánones de la época, los negros estaban más cerca de los monos y por aquel motivo eran más aptos para este experimento. Paralelamente también se experimentaba con voluntarios rusos de raza blanca que donaban esperma para tal fin. Durante su estancia en África, el científico soviético experimentó con tres hembras de chimpancé a las cuales inseminó con esperma humano de donantes humanos no identificados, pero el resultado fue negativo. Ivanov atribuyó el fracaso a la dificultad que conllevaba trabajar con chimpancés y pidió una autorización extraordinaria al gobierno soviético para poder experimentar con mujeres guineanas a las que pretendía inseminar con semen de chimpancés sin que éstas fueran conocedoras de ello. Ivanov nunca obtuvo la autorización. Ivanonv pidió una autorización extraordinaria al gobierno soviético para inseminar a mujeres guineanas por chimpancés sin su conocimiento. A su regreso a la Unión Soviética, Ivanov siguió con su experimentación con un número indeterminado de prisioneras a las que visitaba en sus celdas de la prisión de Lubianka, pero tampoco obtuvo resultados. Ivanov atribuyó su fracaso al dudoso compromiso de las prisioneras políticas en edad fértil y al hecho de que el semen utilizado hubiera sido previamente congelado. A los continuos reveses a los cuales se veía abocado Ivanov, había otro que se cernía directamente sobre su cabeza: la paciencia de Stalin. La falta de resultados ponía en mal lugar al científico, que ya había perdido la confianza de Gorbunov, pero que creía firmemente que sus fracasos eran circunstanciales y que tarde o temprano el éxito acabaría llegando. La última oportunidad de Ivanov llegó cuando consiguió una autorización para trasladarse a la ciudad de Sujumi, a orillas del mar Negro, cuyo clima templado le parecía más apropiado para los cuatro chimpancés y un orangután que Gorbunov había le había conseguido para seguir con los experimentos. La última oportunidad de Ivanov llegó cuando consiguió una autorización para trasladarse a Sujumi y seguir experimentado con cuatro chimpancés y un orangután. Mientras esperaba la llegada de los primates, Ivanov recorrió la ciudad en busca de voluntarias para el experimento. Convencido de que existía un factor psicológico en el proceso del embarazo, Ivanov buscaba candidatas que desearan quedarse encintas. La mayoría de las mujeres de Sujumi eran analfabetas y con su brillante oratoria las convenció de que su contribución a la ciencia sería ‘recompensada’ por el propio Stalin. Por fin, tras unas semanas de explicaciones, Ivanov tuvo a su disposición a cinco voluntarias de entre 16 y 20 años. Para desgracia de Ivanov, los simios llegaron enfermos, cansados y con fiebre. Sólo el orangután, al que llamaron Tarzán, logró sobrevivir, ya que los otros cuatro acabaron muriendo. Pero tampoco el orangután vivió lo suficiente como para que le fuera extraída una muestra de esperma de bastante entidad como para intentar la inseminación; el animal murió al poco tiempo luego de una hemorragia cerebral. "El orangután ha muerto, estamos buscando un reemplazo", anunció el profesor Ivanov a las enfermeras que cuidaban a las voluntarias que residían en una vivienda cercana a su laboratorio, donde se las habían sometido a un riguroso tratamiento médico para asegurar su fertilidad. Al recibir la noticia, Gorbunov, desesperado contestó: "Es el fin". El orangután tampoco vivió lo suficiente como para que le fuera extraída una muestra de esperma de bastante entidad como para intentar la inseminación. Durante la primavera de 1930, Ivanov fue la diana de las críticas políticas y, finalmente, el 13 de diciembre de 1930, el científico fue arrestado por el NKVD, la policía secreta. Tras traspapelarse su expediente fue condenado a cinco años de exilio en Almati, Kazajastán, donde trabajó para el Instituto Veterinario Zoólogo kazajo hasta su muerte a causa de un derrame cerebral el 20 de marzo de 1932. Gorbunov no tuvo la misma suerte. Acusado de espionaje y conspiración para asesinar a Stalin (donde el fallido "ejército de hombres-mono" tan sólo fue uno de los muchos cargos que se presentaron contra él para demostrar su infidelidad al régimen), tras un juicio sumario en el que nadie se arriesgó a defenderlo, murió fusilado. Semanas más tarde, durante una incursión del NKVD en Abjasia, las cinco voluntarias de Ivanov fueron localizadas y ejecutadas. Jamás revelarían la oscura misión para la que habían sido reclutadas. De esta forma, la locura de Stalin - al menos en este campo- llegaba a su fin. Pero sus monstruosos crímenes continuaron hasta el final de sus días en 1953, creyendo que se llevo al infierno consigo el secreto de aquel fallido y demencial experimento que afortunadamente nunca tuvo éxito.